lunes, 20 de febrero de 2017

El bebé como individuo y el porteo


Quienes estamos hace tiempo en el camino de la crianza respetuosa hacemos hincapié en la importancia de comprender al bebé (y al niño, en general) como individuo y sujeto de derechos. Esto se debe a que durante mucho tiempo se concibió al hijo como propiedad de los padres, alguien a quien educar a imagen y semejanza. Hoy día, de a poco y gracias a modificaciones incluso de índole legal, la figura del niño y la niña se reivindica de otro modo. Prefiero abrazar la idea del acompañamiento en el desarrollo desde una mirada de respeto y tolerancia, donde el niño ya no es sujeto pasivo de su "educación" sino que adquiere un rol activo como ser humano con preferencias y cualidades propias.

Desde esta mirada, el contacto entre los padres y sus hijos se entiende no sólo como necesidad primaria, sino como una vía de comunicación fluída y recíproca. El bebé nace y, con el paso de los días, los padres van aprendiendo a conocer al nuevo integrante, responder a sus demandas y articular su nueva vida.

El porteo, dentro de este contexto, no es más que una herramienta para que este escenario sea más amable, amoroso y fructífero. Sin embargo, muchas veces nos olvidamos de estas consideraciones a la hora de portear.

Los lineamientos rígidos, los consejos bienintencionados pero autoritarios y los fanatismos varios muchas veces nos enfrentan a situaciones que no sabemos cómo resolver. ¿Qué pasa si el recién nacido no se deja sostener la cabeza con la tela? ¿Puede ser que a mi bebé no le guste ser porteado? ¿Por qué es tan difícil, a veces, cambiar de un portabebé a otro? ¿Cómo es posible que mi segundo hijo odie el fular si el primero lo amaba? ¿Dónde queda el espacio para las individualidades?

Por todas estas cuestiones hoy escribo estas líneas. El bebé es, desde que nace (incluso antes) un ser humano individual y único. Tendrá necesidades muy similares a las de cualquier otro bebé, pero también tendrá particularidades y preferencias. Quizás será caluroso, o muy friolento. Quizás quiera estar 24 horas pegado a mamá o quizás sólo busque ese contacto en ciertos momentos. Quizás ame estar todo envuelto, aunque puede ser que prefiera tener sus brazos y piernas libres.

El porteo nos propone este desafío: comunicarnos, conocer a nuestros hijos, comprender qué necesitan y responder del mejor modo posible. Quienes hayan porteado a más de un bebé lo saben: cada uno es diferente. Incluso el mismo niño puede modificar sus preferencias a través de los meses, o según su estado de ánimo. No existe una única receta, por eso es tan importante conocer más de un portabebé, aprender sus trucos, no desistir ni frustrarse al primer intento.

Creo firmemente que cada hijo llega para enseñarnos algo. No desaprovechemos semejante oportunidad.